viernes, 1 de octubre de 2010

3 comentarios:

  1. Para acompañar esta foto que hice en 1997 he escogido estos tres fragmentos del ultimo libro que he leído, se trata del primer volumen de Historia atea de las religiones de A. Kryvelev, cuando termine de leer el segundo volumen espero hacer un comentario para el blog de la obra completa.
    Pág. 296:
    Es generalmente conocida la réplica del legado papal Arnoldo Amalrico en respuesta a la pregunta de uno de los cruzados en la toma de la ciudad de Beziers en 1209: ¿cómo diferenciar a los herejes de los católicos? El servidor de Cristo misericordioso, remitiéndose al texto del Nuevo Testamento (2 Tim. 2,19), contestó: “Matad a todos, el Señor conoce a los que son suyos”.
    El abad Arnoldo informó luego al papa cómo se había cumplido esa orden: “Los nuestros no perdonaban ni la dignidad ni la edad ni el sexo, de modo que por la espada cayeron casi 20.000 personas. Fue grande la matanza de los enemigos, toda la ciudad fue saqueada y quemada, ese fue el testimonio maravilloso del terrible castigo divino.”
    Pág. 318:
    De acuerdo con el carácter emprendedor de Tetzel los ingresos de este negocio eran incluso para esa época sumamente cínicos. Así, haciendo propaganda a su mercancía en los sermones, Tetzel aseguraba a los creyentes que en el mismo instante en que la moneda pagada por la indulgencia chocaba contra el fondo de la caja, el alma del pecador del que se ocupaba el comprador, saltaría del infierno o del purgatorio y se dirigiría al paraíso.
    Pág. 470:
    A mediados del siglo XV el abad de uno de los monasterios cerca de Pskov, Efrosinio, empezó a dudar de que en la liturgia la exclamación “aleluya” tuviera que pronunciarse tres veces, y estimó que a la fe verdadera le correspondía más la pronunciación doble de esa exclamación con la adición de la fórmula “Gloria a ti, Dios”. Para asegurarse en esta cuestión de primordial importancia, emprendió un viaje a Constantinopla donde charló con el patriarca José. Este le bendijo su “doble aleluya”. Para comprobarlo, Efrosinio visitó una serie de iglesias constantinopolitanas y, después de oír en ellas la liturgia, se convenció de que en Constantinopla decían el aleluya dos veces. Al regresar a casa decidió establecer el mismo orden en su monasterio. Se enteró de ello cierto sacerdote de Pskov, Job, y pensó que con esto se podía caer en herejía. Cada una de las partes presentaba argumentos que daban la impresión de una total irrefutabilidad. El triple aleluya, declaraban los partidarios del punto de vista dominante, señala la santa trinidad, mientras que el doble aleluya es un menoscabo inconcebible e incluso una denigración de aquélla. Efrosinio contestaba que nadie y nada podía aminorar la gloria de la santa trinidad, mientras que el doble aleluya concordaba con las indicaciones del patriarca y con la práctica de la iglesia bizantina. En el transcurso de la disputa ambas partes se daban unas caracterizaciones expresivas y concretas. Job dijo que Efrosinio era “un loco, vive su vida en vanidad, todos sus esfuerzos son inútiles como una infamia que desagrada a Dios”. Efrosinio a su vez declaró que Job desde ahora no era “el pilar de la piedad, sino un pilar lleno de porquería”. Cuando Efrosinio murió, Job manifestó que “ese viejo había pasado toda su vida en la herejía y había enfurecido al señor”. Después de la muerte de ambos artífices de la polémica, la lucha entre los “triples” y los “dobles” no amainó. En el Concilio Stoglavy ganó la postura de estos últimos, y posteriormente la cuestión pasó a formar parte del complejo que dividió los campos de los niconistas y de los viejos creyentes.

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  2. El llamado domingo de la ortodoxia, en 1656, durante una misa solemne en la iglesia Uspenski de Moscú, fue proclamado el anatema para todos los que siguieran haciendo la señal de la cruz con dos dedos. La motivación de tal condena severa contra esta forma del ritual era ésta: al santiguarse con tres dedos el dedo pulgar, unido con los dos “dedos pequeños” simbolizaban juntos la trinidad, pero de modo que sus hipótesis parecen desiguales, mientras que los dos dedos, con los que se hace la señal de la cruz, expresan las dos naturalezas de Cristo, pero no como indivisibles sino como divisibles. Todo esto indica la herejía de Nestorio, que, desde luego, se condena con la excomunión.

    Historia atea de las religiones, volumen 2, pág. 34.

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  3. Según muchos indicios, Pedro no era creyente. En todo caso, no profesaba mucho respeto a los personajes eclesiásticos de cualquier confesión. (…)
    A este respecto es significativa la reacción de Pedro I ante los prodigios y los milagros contados bajo su reinado por el clero. Las restauraciones de los iconos, las visiones celestiales, las campanas que sonaban por sí solas, las lágrimas derramadas por las figuras de los iconos no asustaron a Pedro I, y mucho menos lo hicieron renunciar a sus medidas. Cuando, por ejemplo, en una de las iglesias de Petersburgo, en 1720, “lloró” el icono de la Virgen, Pedro I dispuso traerlo inmediatamente a su presencia al palacio, rápidamente comprendió el sencillo mecanismo del “milagro” y castigó severamente a su organizador, mientras el icono fue depositado en una sala de arte.
    Son conocidos los casos que confirman que Pedro I comprendía la importancia que tenía la religiosidad del pueblo para la estabilidad del orden existente y de todo el Estado aristocrático-monárquico. Al enterarse una vez de que V. U. Tatishchev, alto funcionario y pensador para aquella época ilustrado, habló irónicamente acerca de algunos libros de la Biblia, el zar lo llamó y le propinó una reprimenda con su famosa porra. El biógrafo y contemporáneo del zar, I. I. Golikov, transmite así la nota, leída al mismo tiempo al culpable:
    “¿Cómo te atreves a aflojar la cuerda que constituye la armonía de todo el trono…? Ya te enseñaré cómo hay que respetar la Sagrada Escritura y no romper la cadena que mantiene todo concertado. No dejes caer en la tentación a las honestas almas creyentes; no siembres el librepensamiento, perjudicial para el orden; yo no procuré enseñarte para que tú al final fueras enemigo de la sociedad y de la Iglesia”.
    Pág. 44-45.
    Pedro I puso la confesión al servicio de la policía secreta. (…)
    Las funciones policiales de los sacerdotes no se agotaban con el trabajo de investigación policíaca, relacionado con la confesión. Por lo que se refiere al aprovechamiento del clero con fines laicos, Pedro I llegó hasta el punto de obligar a los popes y a los monjes a hacer guardia en las barreras y postas, trabajar en los incendios como mantenedores del orden, montar guardia en las comisarías de policía, y en general “cumplir junto con la población civil todas las demás obligaciones policiales según instrucción.”
    Pág. 50-51.
    Historia atea de las religiones, Volumen 2.

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