Blog filosófico hecho por un aficionado desde una posición materialista. Correo electrónico: nartub@gmail.com
miércoles, 28 de septiembre de 2011
HA MUERTO COLOMBO, UN EPICUREO
Ha muerto Colombo, un epicúreo
Fermín Huerta Martín
Si dios prestara oídos a las súplicas de los hombres, pronto todos los hombres hubieran perecido, porque de continuo piden muchos males los unos contra los otros.
Epicuro.
Su persistencia es increíblemente asombrosa, sigue buscando y buscando hasta que completa el rompecabezas.
Un asesino refiriéndose a Colombo.
El pasado 23 de junio de 2011 murió Peter Falk el actor que durante años interpretó al famoso teniente Colombo. En el momento de su muerte la serie Colombo se emitía cada tarde (en España) en el canal Nitro, a razón de dos capítulos diarios de lunes a viernes. La mayoría de los capítulos recuerdo haberlos visto hace años, a pesar de lo cual volví a disfrutar de la interpretación que Falk hace del peculiar policía. Aunque la estructura de los capítulos es prácticamente la misma y el espectador sabe desde el principio quien es el asesino, la serie tiene un encanto especial con la mera presencia de este atípico policía que no usaba pistola.
La visión (o revisión) de estos viejos capítulos televisivos (grabados entre 1968 y 1990) ha coincidido con la lectura de un libro muy interesante, se trata de Epicuro de Carlos García Gual, el libro ha dormido en mi proyecto de biblioteca durante 26 años esperando ser leído y la casualidad o causalidad o clinamen a querido que por fin me decidiera a leerlo. Se agradecen los libros como este, escritos con pasión y entusiasmo además de un despliegue de información bibliográfica completísima. Esta coincidencia temporal entre la lectura del libro y el visionado de la serie me ha hecho “descubrir” los aspectos epicúreos del personaje Colombo y que os paso a comentar.
Un primer rasgo epicúreo de Colombo es la autosuficiencia. Dice Epicuro: “La autosuficiencia es la mayor de todas las riquezas” y también “El máximo fruto de la autosuficiencia es la libertad”.
Colombo siempre trabaja solo, esa soledad laboral de la que desconocemos su origen, pero apreciamos sus resultados, la soledad le da esa libertad de actuación que le conduce al éxito, porque todos sus casos están hechos a medida para un policía que no se ve en la necesidad de usar armas, aunque a veces intenten matarlo. Sus asesinos suelen ser de la alta sociedad y los crímenes muy elaborados, casi impecables sino fuera por el “concienzudo teniente” (como dice de el un asesino), quien no tiene horarios siguiendo las pistas y cuando no tiene por donde atrapar al culpable le obliga a cometer un error con una trampa, un engaño, que termina delatándolo. A veces le ponen diligentes sargentos para ayudarle, el lo agradece, pero Colombo trabaja mejor solo, es autosuficiente.
Si acaso acepta una ayuda en su trabajo esa es la de la policía científica, que empieza dándole una base con la que trabajar. Y con esto podemos enlazar otro rasgo epicúreo, dice García Gual en su libro: “Para esta liberación filosófica es necesario el conocimiento científico de la realidad” o “hay que resaltar en el epicureísmo un rasgo: la exigencia del conocimiento científico de la realidad como método firme para la adquisición de esa serenidad y felicidad final.”
A veces este conocimiento científico básico de la realidad o de la escena del crimen puede ser insuficiente, no hay huellas, ni el arma homicida, etc., es entonces cuando el investigador (o el filósofo) mas se tiene que esforzar para descubrir la verdad (el asesino). Dice Colombo : “Me fastidian los pequeños detalles que no tienen explicación”, casi rememora con esa frase la anécdota que se cuenta de Epicuro con 14 años, mientras su maestro de letras le recitaba “al principio de todo hubo el caos” Epicuro le preguntó: “¿de qué nació el Caos?” y el maestro le contestó que eso era cosa de filósofos.
Para Colombo con la base científica y su capacidad deductiva (dice en una ocasión: “Suelo hacer deducciones, es algo superior a mi”) siempre termina resolviendo los casos y esto le da felicidad, dice en una ocasión ante un dilema “Seria feliz si lo entendiera”.
Epicuro “Renunciaba a toda competición por adquirir poderes, riquezas y éxitos sociales”, llega a decir: “Muchos que obtuvieron riquezas, no encontraron en ellas la liberación de sus males, sino un cambio de éstos por otros mayores”, dice también: “Si quieres hacer rico a Pítocles, no aumentes sus dineros, sino limita sus deseos”. Colombo tiene muchos detalles de esa renuncia (voluntaria a veces, impuesta otras) al lujo, en un episodio su mujer le regala una gabardina nueva y hace todo lo posible por perderla, pues prefiere su vieja gabardina, mantiene su viejo coche con mas de 200000 Km. del que dice “cuide usted de su coche y su coche cuidara de usted”.
En un caso el asesino le propone un trabajo que le doblaría el sueldo y termina contestándole “no tengo ambición personal”. En otra ocasión comenta “no bebo nada que no pueda pronunciar”.
Dice García Gual : “El filósofo se sobrepone a los dolores del ánimo, a las angustias, temores, inquietudes, e incluso a los dolores de la carne, mediante la fortaleza de su disposición anímica.”, Colombo dice: “yo procuro ser optimista siempre”.
Dice Carlos: “Porque la felicidad del epicúreo consiste en placeres continuos, en dichas cotidianas y no en objetivos lejanos, que una brusca muerte pudiera arrebatar, dejando así a una vida sin sentido”.
Si hay un placer para Colombo (hoy diríamos un vicio) cotidiano, ese es fumar sus puros, en una ocasión que tenía que hablar frente a un público, encendió su puro y dijo que sin el no podía empezar a hablar. Otro placer cotidiano es su afición a la música clásica. Sin embargo dice en una ocasión: “ A mi mujer le encantan las reuniones, a mi me dan igual”. Desconocemos muchos detalles de su vida privada, iba a decir, cuando no trabaja, pero es que Colombo no descansa cuando tiene un caso entre manos, cualquier cosa cotidiana, una frase de su mujer, puede darle la llave para resolver el crimen.
No pretendo ser mas exhaustivo en esta comparación, con estas pinceladas es suficiente para animar a leer a Epicuro o ver la serie Colombo. En mi caso, durante una época incierta de mi vida (¿Cuándo no lo es?) conseguía olvidarme de los problemas viendo a este policía que me hace reír y pensar. Proporcionándome de esta manera una pequeña dosis de felicidad cotidiana.
lunes, 29 de agosto de 2011
GONZALO PUENTE OJEA: MAESTRO ATEO
GONZALO PUENTE OJEA: MAESTRO ATEO
Fermín Huerta Martín
En plena vorágine de informaciones sobre la reciente visita del Papa a España yo me deleitaba leyendo un monográfico dedicado al que fuera embajador de España en el Vaticano (1985-1987), un embajador ateo y que se divorcio mientras estaba en ese cargo. El rechinar de dientes de la jerarquía católica sólo cesó cuando fue destituido.
Se trata del nº 231 de la revista Anthropos (Huellas del conocimiento) en cuya portada podemos leer: “Gonzalo Puente Ojea, una crítica radical del hecho religioso en su perspectiva histórica y antropológica”. Un merecido monográfico que incluye varios artículos sobre el y su obra, dos artículos suyos, una cronología biográfica y una bibliografía de y sobre Puente Ojea que contiene una sección de videograbaciones, algo que empieza a ser imprescindible dado el despliegue actual de Internet. Además puede ser un aliciente para quien desee conocer un nuevo autor y tenga pereza de leerlo, ver y escuchar a Puente Ojea es un placer compatible con la lectura de su obra. El monográfico se completa con una entrevista y algunas fotos.
Considero a Gonzalo Puente Ojea mi maestro del ateismo (junto con Gustavo Bueno), como dice la editorial de la revista:
“Es admirable contar entre nosotros con un trabajo de investigación tan documentado, serio, claro, fecundo y ciertamente enfocado como el que nos presenta y ofrece generosamente Gonzalo Puente Ojea. Son años de investigación, pensamiento y experiencia que le han llevado a la escritura de múltiple libros siempre en consonancia con el progreso evolutivo de las ciencias y sus metodologías. Toda su obra se concentra en un reclamo contundente de libertad. Todo ello se muestra en un ejercicio coherente del libre pensamiento y fluidez extraordinaria de conciencia que le han hecho capaz de investigar un tema de extrema complejidad y compromiso en una sociedad, como la española, sensible todavía a mil fantasías e ilusiones. Y ello debido a la fuerte prevención de un entorno cultural no liberado de las estructuras de poder, pero ya minoritariamente abierto a aires saludables y a otros horizontes intelectuales de gentes críticas y sensibles a la no verdad del pensamiento y de los datos y hechos que apuntan en otra dirección de la que nos han marcado la educación y los valores hegemónicos.”
Supongo que como en la mayoría de los casos el transito que yo he realizado de creyente-agnóstico-ateo, pasa por muchas lecturas y muchos autores, podría mencionar también a Friedrich Nietzsche, Bertrand Russell, Mario Bunge, Enrique Tierno Galván y muchos otros, pero por la profundidad y potencia de sus obras tengo que destacar los ya mencionados Puente Ojea y Gustavo Bueno. Me parece muy gracioso (por no decir patético) que se valore tanto a las obras traducidas de autores extranjeros que tratan sobre ateismo o laicismo, cuando en Hispanoamérica disponemos de obras que no necesitan traducción y que como mínimo están al mismo nivel de esas traducciones.
Esta revista es una buena oportunidad de aproximación a la obra impresionante de Puente Ojea y la bibliografía adjunta es un mapa para no perderse en ella.
Para despertaros la curiosidad os copio algunos de los elogios que los colaboradores del monográfico le dedican, para que no quede duda de la importancia de su obra:
“Ideología e historia es el hito que sigue señalando la frontera irreversible entre un antes y un después en el campo de la historia y de la historiografía de la fe cristiana. En el ámbito de producción española (y me atrevo a afirmar que también en la generada en otras lenguas) aún no se ha encontrado un parangón conveniente. “ Antonio Piñero Sáenz.
“Pero Gonzalo no es sólo un gran ilustrado que observa, analiza y explica, es además un luchador. Puente Ojea es un gran defensor de la causa de la libertad, sobre todo de la libertad que me parece más específicamente humana, la libertad de conciencia” Juan Antonio Aguilera Mochón.
“La lectura de los libros de Puente Ojea sobre estas cuestiones resultaría de lo más revelador y eventualmente liberador para los católicos adoctrinados desde pequeños por la Iglesia católica (y también para los cristianos en general); por eso se entiende que la mejor estrategia eclesial no sea la de criticar estos libros de Gonzalo, sino no mencionarlos siquiera y, cuando se tercia, descalificar gratuitamente al autor.” Juan Antonio Aguilera Mochón.
“Para mí, el descubrimiento de Puente Ojea, inicialmente a través de la radio y luego (y sobre todo) de sus libros, fue crucial. Así como la respuesta inmediata y generosa que tuvo a mis requerimiento postales. Siempre me he sentido animado y fortalecido por Gonzalo. Es muy probable que en mi caso, y creo que en el de muchos otros, haya sido decisivo el conocimiento de su obra y de su persona para que ahora esté involucrado activamente en la defensa del laicismo. Dicho en leguaje bioquímico, Gonzalo Puente Ojea es un magnífico catalizador. Desde aquí quiero transmitirle todo mi afecto y mi más profundo agradecimiento” Juan Antonio Aguilera Mochón.
“La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, obra cuya importancia pude captar en su momento gracias a una relectura guiada por el mismo autor. Han transcurrido 36 años, y compruebo que el trabajo de interpretación histórica de Puente Ojea no ha envejecido, antes bien cobra nueva relevancia frente a la actual inundación de publicaciones apologéticas disfrazadas de “rigor académico” y vehiculadas por una potente industria editorial religiosa.” Josep Montserrat Torrents.
“Por su honestidad y alta erudición, el díptico situaría a su autor, de forma inmediata, entre los pensadores de referencia en el análisis materialista del origen de la religión cristiana y del estoicismo. Ya, tras la recuperación de la democracia, en 1987 la vergonzosa claudicación del Estado español ante las presiones eclesiásticas frente al embajador español ante la Santa Sede y autor de Ideología e historia, tan sólo daría dimensión pública a su figura intelectual y a la obra rotunda que comenzó a aparecer a partir de su “liberación” profesional.” Miguel Ángel López Muñoz.
“Desde la época de afianzamiento de la dictadura, Gonzalo Puente Ojea supo situarse con dignidad ante un entorno sórdido y, por momentos, incierto y errabundo. Ilustrado de mil desmitificaciones religiosas y políticas, crítico del diletantismo y de la cobardía intelectual, infatigable y empecinado en el hallazgo y establecimiento riguroso de la verdad, testigo incómodo, para los poderes políticos, religiosos y mediáticos, de esa burla a la democracia llamada “transición”, Puente Ojea es una de las pocas voces con prestancia y brillantez del pensamiento español vivo.” Miguel Ángel López Muñoz.
“Puente Ojea aborda eso en la culminación de su enorme obra teórica. En 2009, cuando el librito ve la luz, su autor es ya, sin lugar a dudas, la figura mayor de las letras hispanas en lo que a la crítica de religión y creencia concierne. La extensión y hondura de sus obras asombra a cualquiera que se haya asomado seriamente a ellas.” Gabriel Albiac.
Por los buenos ratos pasados leyendo tu obra, por tu actitud ejemplar, por destilar sabiduría con tus palabras y textos, solo me queda decir:
¡GRACIAS MAESTRO!
INFORMACION
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jueves, 28 de julio de 2011
INFINITO, YO TE CITO
INFINITO, YO TE CITO
Fermín Huerta Martín
YO TE CITO
Infinito/Yo te cito/Con tu cara/De maldito/Ya es la hora/Baila ahora/Que universos
Atesoras/De la esquina/Sale un grito/Infinito/Yo te cito/Escuchando/Y acechando
Tus umbrales/Voy buscando/Llega el día/Me decía/Dame un trago/De agua fría
Pon tu huella/En el escrito/Infinito/Yo te cito
JUAN PERRO. DISCO: MR. HAMBRE
Letra y música de Santiago Auserón (músico filósofo)
Quedó pendiente de mi artículo Tiempo y devenir en el Materialismo filosófico el tema de si el Universo debe ser necesariamente infinito. Como se sabe, desde el Materialismo filosófico se ha dicho muchas veces esto: “Un Universo concebido como ilimitado (en sentido ampliativo o progresivo), aunque se suponga corpóreo, no puede ser tratado como un todo.” Teoría del cierre categorial pág. 518. “Un todo es una multiplicidad limitada” TCC pág. 529.
Evidentemente si se parte de esta definición el Universo o no puede ser infinito o no puede ser un todo. Podríamos decir, si el problema es el nombre de “todo”, lo sacrificamos para no perder su infinitud, le damos otro nombre, por ejemplo: “conjunto de todos” y asunto resuelto. Desde luego la apuesta desde el Materialismo filosófico va en la dirección opuesta, es decir, declarar que el Universo no es infinito. Y no puede serlo, porque el Materialismo filosófico ya dispone de su propio ente infinito: la Materia ontológico-general, y claro no caben dos infinitos bajo el mismo Sol. Con lo que la única actuación posible para mantener el infinito propio consiste en limitar el infinito ajeno (en hacerlo finito), así dice Javier Pérez Jara en su artículo De la Física a la Metafísica: cuestiones sobre Teología Natural, Mecánica Cuántica y Cosmología: “Pues bien, si negamos, por contradictorio, el infinito actual en el Universo, en la «materia ontológico-especial», ¿se podría en cambio aplicar a la Materia ontológico general (M), o al Ser o Realidad «en general»? La respuesta «más breve» parece que tiene que ser la siguiente: no se puede decir que la materia ontológico general sea finita, dado que lo finito, ontológicamente, es todo aquello que está envuelto o inmerso en un contexto superior que, en una metafísica no megárica, lo (co)determina y «moldea». La idea de entidad finita está ligada, pues, a la idea de regressus; para «comprender» a una materialidad finita hay que regresar al contexto superior envolvente (y esto aunque desde el principio de symploké no sea necesario regresar a toda la realidad para entender cualquier entidad finita, porque entonces, como vio certeramente Platón, no podríamos conocer nada). Según esto, sobre la idea de una entidad infinita ontológicamente no se puede practicar regressus alguno, pues, por su infinitud, es el límite de todo regressus: así, desde el apeiron de Anaximandro a la materia ontológico general pasando por el Ipsum esse de Santo Tomás o la Voluntad de Schopenhauer.
De este modo, cuando negamos dialécticamente el concepto de finitud ontológica, podemos llegar a la idea indeterminada de Infinito como aquello que no está «envuelto» por ningún contexto superior; nada externo a aquella entidad la determina, limita o moldea: agota, por tanto, el ámbito de lo posible y existente. Por eso, infinito en sentido ontológico sólo es la Realidad, o el Ser, en sentido ontológico general. Una entidad infinita no puede coexistir con otras entidades en la Realidad: las anegaría (aquí es donde podría encuadrarse el argumento de Espinosa, y luego Krause, de que Dios, al ser infinito, anega el Mundo y «conmensura» toda la realidad).”
Los problemas vienen cuando todas las pegas y limitaciones que se quieren poner al Universo infinito desaparecen cuando hablan de la Materia ontológico-general infinita.
Empezare por enumerar las objeciones que se realizan desde el Materialismo filosófico a un Universo infinito:
“El espacio infinito es precisamente la posición límite a la que llega la teoría de la fuga gravitatoria (cuando no se acepta el Big crunch); un espacio infinito en el que por tanto habría una distancia infinita entre masas gravitatorias, con lo que su atracción sería nula, destruyendo así el universo de la gravedad constitutivo de la materialidad física; además, un espacio físico de Minkowski de curvatura cero haría desaparecer a las masas gravitatorias, aniquilándolas, porque mientras haya materia física siempre hay una curvatura en el espacio-tiempo, curvatura que desaparece en la «expansión universal» al ser llevada al límite. El argumento de la finitud constitutiva del Mundo a través de la relatividad general no hace sino especificar, a través de la gravedad, lo que ya sabían Anaximandro y sobre todo Aristóteles, a saber: que el Mundo es necesariamente finito porque si no, no habría unidad entre sus partes.”
“si el conjunto infinito de los sujetos operatorios estuviese distribuido en un espacio infinito, habría que aceptar el infinito actual, y supuesto esto, la unidad atributiva del Universo se destruiría, como sabía Aristóteles, y con ella el propio Universo en cuanto implica unidad entre sus partes; en efecto, si las partes del Universo estuviesen separadas a una distancia infinita actual unas de otras, jamás podrían entrar en contacto sinalógico, haciendo imposible la unidad constitutiva del Mundo, es decir, se producirían las paradojas de Zenón a escala «macrocósmica»”.
“El materialismo filosófico no acepta, claro está, la eternidad del universo; pues desde la propia materia ontológico general (que sí es eterna, pues el tiempo está vinculado a un proceso continuo de composición y descomposición de partes conformadas -y de ahí la sucesividad-, y por tanto, la idea de tiempo sólo se mueve en el ámbito de la ontología especial) el Mundus adspectabilis es visto como contingente (pues M impide que se hipostasie ningún contenido ontológico-especial, y que, por tanto, se eternice –en contra de la metafísica, que siempre trata de eternizar algún contenido de la ontología especial–); el mundo actual (con sus ríos, planetas, galaxias, &c.) es visto como llamado a desaparecer (en su propio proceso dialéctico), y ser sustituido por otro contenido ontológico-especial, en un proceso recurrente infinito; pues M es eterna y siempre está en acto (las formas universales Mi).”
Me sorprende un poco esa cita a una teoría científica de Javier después de haber dicho:
“Y yo me atrevería a fijar dicho problema en la ingenuidad ontológica en que se mueve dicho autor, quizá demasiado ocupado con las ciencias positivas como para dedicar el tiempo necesario al estudio de la filosofía (como si las ciencias positivas, con la cosmología a la cabeza, pudieran arrojar las verdades últimas y más profundas del Universo).”
“Las analogías, tantas veces repetidas a lo largo de esta polémica, empleadas por Halton Arp, entre tribunales de científicos y tribunales de la Inquisición no es gratuita.”
¿Quiere esto decir que acepta argumentos de miembros de los tribunales de la Inquisición?¿O simplemente que solo acepta los argumentos científicos que se adecuan a su visión filosófica del mundo?
Dice Javier: “si las partes del Universo estuviesen separadas a una distancia infinita actual unas de otras, jamás podrían entrar en contacto sinalógico, haciendo imposible la unidad constitutiva del Mundo”, pero esto esta en flagrante contradicción con otro de sus argumentos mas recurrentes que expuso Gustavo Bueno en TCC pág. 868:
“El espacio interpuesto es real y que, por tanto, no es vacío, sino que es un plenum energético. Y esto significa que la apariencia, no es tanto la del fenómeno apotético cuanto la del “vaciamiento aparente” o kenosis del espacio interpuesto.”
TCC pág. 869: “ La tesis más característica del hiperrealismo es la negación del vacío como no ser. El hiperrealismo, en este sentido, podría vincularse al principio eleático que establece que “lo ente toca con lo ente””.
Personalmente prefiero usar plenum material a plenum energético, siguiendo a Bunge cuando dice que la energía es un propiedad de la materia, pero muchos filósofos y científicos usan energético o energía, incluso hablan de materia-energía, cuando en realidad hablan de radiación o de ondas o de campos, etc. Confundiendo así materia con masa, identificando así energía con ausencia de masa. Llega a decir Javier algunas veces: “materialidades energéticas”.
Si el Universo es un plenum, la sinalogía esta garantizada sea este finito o infinito, sea cual sea la distancia entre dos partes, el plenum garantiza la sinalogía.
Pero es que ocurre una cosa muy curiosa, si decidimos dividir el Universo en cubos de lado año-luz, partiendo para ello de la Tierra como centro del Universo (en un conjunto infinito cualquier punto puede ser el centro). Empezaríamos con un cubo en cuyo centro este la Tierra al que rodearíamos de 26 cubos que cubrirían sus 6 caras 12 aristas y 8 vértices. El cubo que incluye a la Tierra lo numeramos con el número cero y los siguientes cubos del 1 al 26. De esta manera hemos configurado un nuevo cubo de lado 3 años-luz al que volvemos a rodear de 26 cubos que seguiremos numerando del 27 al 52 y así sucesivamente. Pues bien, esta configuración sinalógica en la que lo ente toca con lo ente conecta cualesquiera dos cubos de Universo por mediación de los cubos interpuestos. La distancia entre dos cubos determinados nunca es infinita aunque el conjunto total si lo sea.
Dice Javier: “haciendo imposible la unidad”, Gustavo Bueno en Ensayos materialistas pág. 45 y 47 dice: “ El esquema de mi construcción es el siguiente:“materialismo”, en Ontología general, es, ante todo, el resultado de una metodología crítica: la crítica a la tesis de la unicidad del ser”, “el monismo metafísico se edifica siempre sobre el prototipo de la unidad ontológica real del mundo y, en consecuencia, debe siempre -incluso en las versiones antiespiritualistas, materialistas (que lo serán en el plano ontológico-especial)- considerarse impulsado por un espiritualismo implícito, en la medida en que la unidad del Mundo es solidaria de la conciencia, núcleo siempre de la noción de “espíritu”.”
Me sorprendió mucho que después de leer esas líneas de Ensayos materialistas, en las primeras páginas del Diccionario filosófico se puede leer: “El materialismo filosófico es un pluralismo de signo racionalista, que postula, sin embargo, la unicidad del mundo en cuanto desarrollo de una materia ontológico general que no se reduce al mundo empírico.” Compruebo que este fragmento no se encuentra en la versión en Internet del Diccionario.
El Universo infinito no puede ser un todo (una unidad) pero la Materia ontológico-general que es infinita si puede ser una unidad.
Al principio pensé que se trataba de un error tipográfico de edición.
Para un colectivo tan profesional y académico como el compuesto por los miembros del materialismo filosófico que cuando escuchan la palabra “aficionado” casi les da un corte de digestión, el Diccionario filosófico es una autentica mancha en su expediente, una obra tan importante como iniciación o ampliación de conocimientos sobre el pensamiento de Gustavo Bueno se editó con una página menos (pág. 50) que tuvo que ser añadida en fotocopia (como si de un libro editado por aficionados se tratara), no recuerdo un caso similar, cuando leí el Diccionario (2001) escribí a su autor alertándole de que había detectado 74 errores en el texto y 105 carencias en la Bibliografía de Gustavo Bueno, con la finalidad de que se corrigiera la versión en Internet, pues bien acabo de comprobar que diez años después los errores no se han corregido, he comprobado unos cuantos, no todos, yo solo soy un aficionado.
A pesar de que se ha dicho muchas veces que la Materia ontológico-general es una pluralidad infinita dice Javier: “De este modo, si aplicar infinitud actual a la materia cósmica del Universo es contradictorio, aplicársela a la materia ontológico general carece de sentido, por encontrarse en un «nivel ontológico» más allá de las categorías mundanas.”, dice también: “carece de sentido aplicar el concepto de infinito actual a la materia ontológico general, porque el mismo hecho de tratar de aplicar este concepto a ella implica ya mundanizarla, y por tanto destruir su propio concepto”.
Esto es un poco romper las normas del juego y hacer lo que se quiere, como si en una partida de ajedrez uno de los jugadores sacara una nueva pieza voladora que bombardease a las oponentes.
Pero claro si nos atenemos a alguna de las cosas que se han dicho de la Materia ontológico-general se puede entender mejor esta situación. Dice por ejemplo Gustavo Bueno en Televisión: Apariencia y Verdad:”La Materia ontológico-general no es ni verdadera ni falsa”. Dado que los seres humanos somos trocitos de Materia ontológico-general ambulantes, podríamos decir de nosotros mismos que no somos ni verdaderos ni falos.
Dice Javier en El Basilisco 36: ”Algunas de sus corrientes materiales se encuentran en devenir” o “La materia en devenir no puede dejar de estarlo”, dice en otros de sus artículos: “. Ya hemos dicho que la Materia ontológico-general no es inmutable, pero también hemos dicho que “ , (la materia determinada siempre va a estar componiéndose y descomponiéndose, sean cuales sean sus contenidos morfológicos), pues siempre habrá materia ontológico-especial, con sus atributos de codeterminación y multiplicidad.” “ Los cursos materiales procesuales de la materia ontológico general (M) que confluyeron para la formación del Mundo (Mi) podrían no haberse dado, pero una vez que se va configurando el Universo, como realidad zootrópica, comienzan también a perfilarse relaciones necesarias entre las materialidades constitutivas de ese Universo. Por eso, por ejemplo, el materialismo filosófico defiende que la Doctrina de los tres géneros de materialidad es una doctrina no sólo empírica, sino empírico-trascendental. En este punto, el concepto de sinexión o relación necesaria es clave para el asunto que nos compete.”
Tenemos pues una entidad que tiene unas “corrientes” en devenir, presumimos entonces que existen otras inmóviles, las que están en devenir no pueden dejar de estarlo, no nos informan de si las corrientes inmóviles pueden llegar a estar en devenir. También nos informan: “Los cursos materiales procesuales de la materia ontológico general (M) que confluyeron para la formación del Mundo (Mi) podrían no haberse dado”. Afortunadamente (o desgraciadamente) los cursos materiales confluyeron y surgió Mi. Se convierte así la Materia ontológico-general en una especie de Dios sin conciencia (Dios también se encuentra en un nivel ontológico mas elevado). Nos queda el consuelo a los ateos de que no tenemos un ego al que culpar de este mundo y el desconsuelo de que en las blasfemias es mas corta la palabra Dios que “Los cursos materiales procesuales de la materia ontológico general (M) que confluyeron para la formación del Mundo (Mi) “
Cabe preguntar, dado que hay cursos en devenir y otros que no ¿hay una frontera que limita el Universo (en cuanto Materia ontológico-especial) con la Materia ontológico-general? Un lugar donde podríamos llegar en una nave espacial y fotografiar la Materia ontológico-general, o mejor, sacar la mano y traspasar la frontera, tocando así eso cursos de la Materia ontológico-general.
Aunque se dice que la Materia ontológico-general no es ni primo, ni segundo ni terciogenérica, en las expresiones que usan no pueden librarse de esos géneros de materialidad y por lo tanto los primeros que mundanizan la Materia ontológico-general son ellos mismos. Así hablan de “la Materia ontológico-general que desborda el Universo”, “infinito como aquello que no está envuelto por ningún contexto superior” ,“no puede haber nada externo a ella que la haga finita, envolviéndola”
Cuando hablan de que la Materia ontológico-general es infinita ¿a que infinito se refieren, si no es infinito espacial ni temporal?
¿Como puede una entidad aespacial envolver a una entidad espacial (entendida como un plenum material), como puede surgir algo temporal (entendido como tiempo relacional) de algo atemporal? Tendremos que encomendarnos a la Santa Anamórfosis para dar con la solución.
Y si yo negase ahora la infinitud de la Materia ontológico-general y la convirtiera en un episodio finito de una Materia ontológico-superior ¿Qué pasaría? Que estaríamos jugando a las muñecas rusas infinitas.
El todo es infinito.
Carta a Heródoto. Epicuro.
INFORMACION
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jueves, 16 de junio de 2011
TIEMPO Y DEVENIR EN EL MATERIALISMO FILOSOFICO
TIEMPO Y DEVENIR EN EL MATERIALISMO FILOSOFICO
Fermín Huerta Martín
Es imposible que haya una relación entre lo finito y lo infinito.
Gustavo Bueno (La funesta manía)
En diversos artículos publicados principalmente en El Basilisco y El Catoblepas, el joven y brillante filósofo español Javier Pérez Jara ha tratado varias veces el tema que da titulo a este escrito.
Podríamos partir de la definición que da Gustavo Bueno en Ensayos materialistas de tiempo en la pág. 399: “La hora o el segundo, según esto, no son, propiamente, partes del tiempo, sino partes de un movimiento concreto (el del sol, el de un reloj) a partir del cual construimos o mensuramos los demás movimientos. Esta medida de unos movimientos por otros es el tiempo.”
Matiza el propio Javier en De la Física a la Metafísica: cuestiones sobre Teología Natural, Mecánica Cuántica y Cosmología. Publicado en el nº 72 de El Catoblepas:
“Empecemos, entonces, diciendo que el tiempo, desde el materialismo filosófico, es, básicamente, la medida de unos movimientos respecto de otros movimientos tomados como «reloj» (esta definición nos lleva, por tanto, a que sólo podríamos hablar de un tiempo universal si hubiera un «reloj universal»). El devenir es la codeterminación jorismática de los contenidos de una multiplicidad. ¿Cuándo hay devenir? Cuando los contenidos de una multiplicidad no se codeterminan «instantáneamente», sino que van codeterminándose sucesivamente (esto es, según un «jorismós»). Pero el devenir en el Universo está visto desde nuestros «filtros mundanos», ontológico-especiales, dados en función de la dialéctica entre los géneros de materialidad M1, M2 y M3. Es decir, el devenir de la materia cósmica no es un devenir indeterminado, sino métricamente establecido «según un antes y un después», por decirlo al modo de Aristóteles. Dicho de otro modo: es un devenir temporalizado, dado a nuestra escala operatoria y métrica. Por eso carece de sentido aplicar el tiempo a la materia ontológico general, en tanto en ella no podemos medir unos movimientos respecto de otros, sencillamente porque no podemos operar con sus cauces materiales, y éstos nos son enteramente indeterminados positivamente. Esto no significa que la materia ontológico general, al serle negada la temporalidad, por su carácter mundano, haya de ser concebida como una multiplicidad pura inmutable, «eterna», porque las ideas de inmutabilidad y eternidad son ideas metafísicas y contradictorias, como hemos defendido en otras ocasiones. Y, ad hominem, si la materia ontológico general fuese inmutable, entonces no podría haber surgido el Mundo. Cursos materiales en alguna forma de devenir tuvieron que confluir y codeterminarse para dar lugar a la conformación del Universo y de los sujetos operatorios humanos y animales. Pero sería gratuito, o en todo caso no habría fundamentos positivos, para pensar este devenir «según un antes y un después», porque como hemos dicho, las mediciones diacrónicas suponen las operaciones del sujeto operatorio midiendo unos movimientos primogenéricos respecto de otros, tomados como reloj. Unos movimientos, además, de materialidades holóticamente conformadas; es decir, en la forma de todos efectivos jorismáticos.”
Cabe una puntualización, dice Javier: ” Pero el devenir en el Universo está visto desde nuestros «filtros mundanos»”, habría que decir que no solo el devenir sino todo en el Universo está visto desde nuestros “filtros mundanos”.
Después de darle muchas vueltas a esta frase: “Pero sería gratuito, o en todo caso no habría fundamentos positivos, para pensar este devenir «según un antes y un después»”, confieso que soy incapaz de encontrar una situación de devenir a la que no se le pueda aplicar el antes y el después, llegar a ser, ir siendo, cambio, movimiento, proceso de ser, acontecer, pasar, fluir, generar, destruir, aumentar, disminuir, alterar, desplazar, etc. El mismo uso de los términos “curso”, “confluir”, “codeterminarse”, “conformación”, implican un antes y un después. Llega a decir Javier en el mismo artículo: “Dicho de otro modo: la materia ontológico general está «antes» del Universo, «en» el Universo, y «después» del Universo”. Es decir la Materia ontológico-general esta antes, en y después del Universo pero cuando no existe lo zootropico su devenir no tiene antes ni después.
El materialismo filosófico se encuentra entre la espada y la pared, por una parte admite: “Cursos materiales en alguna forma de devenir tuvieron que confluir y codeterminarse para dar lugar a la conformación del Universo y de los sujetos operatorios humanos y animales”, y consecuentemente debe aceptar la existencia de un Universo sin realidades zootropicas donde terminaron apareciendo los sujetos operatorios humanos y animales. Dice Gustavo Bueno en Ensayos materialistas (mi ejemplar en papel de esta obra esta apunto de desmoronarse de tanto manosearlo) pág. 412: “Me presento una situación pretérita del Cosmos, el Jurásico, con la tierra poblada de formaciones exóticas, helechos gigantescos, reptiles monstruosos, entre los cuales no hay ningún rastro de forma humana. Sin embargo, esta representación de un punto o intervalo de millones de años en la línea del tiempo, en el que todavía no aparece el punto correspondiente a mi conciencia, sólo es posible porque la línea entera temporal está ya dada, y esta Idea es solidaria de mi propia conciencia. Soy yo quien está presente sutilmente en el escenario Jurásico, que ciertamente, “pide su existencia” (con una suerte de argumento ontológico) anterior a la mía, pero que sólo por virtud de mi acto parece existir, sin que valga ahora hablar de una realidad presente en mi cerebro porque, ciertamente, ahora el Jurásico no existe.” Llega a decir Javier en su artículo Materia y racionalidad: sobre la inexistencia de la Idea de Dios publicado en El Basilisco 36: “El carácter antrópico de las materialidades holóticamente conformadas se puede ver sencillamente a través de los postulados de corporeidad, multiplicidad y recursividad holótica, dado que si los todos efectivos han de ser corpóreos, pues sólo así pueden ser “operados” y los cuerpos dependen de la kenosis ligada a los “filtros de percepción” de los sujetos operatorios, no cabe hablar, salvo metafísicamente, de totalidades exentamente de la existencia de los sujetos operatorios; sin operaciones de “juntar” y “separar” no se puede hablar de totalidades. No obstante, esto no va, bajo ningún modo, contra la objetividad de las totalidades, pues aquí hay que contar con el mecanismo de neutralización del sujeto operatorio; un mecanismo que se yergue contra el idealismo y que nos permite hablar, por ejemplo, de edades geológicas de la tierra con anterioridad al surgimiento de los animales con sistema nervioso, o aun más, de la recurrencia infinita de la materia cósmica en el tiempo.”
Si la línea temporal esta dada desde una época en que no existían sujetos operatorios humanos ¿Por qué no puede extenderse a lo anterior?, a antes de que “Cursos materiales en alguna forma de devenir tuvieron que confluir y codeterminarse para dar lugar a la conformación del Universo y de los sujetos operatorios humanos y animales”.
Si se me contesta que el tiempo solo puede aplicarse cuando existe lo zootropico, no podemos hablar de “edades geológicas de la tierra con anterioridad al surgimiento de los animales con sistema nervioso” y si podemos “neutralizar el sujeto operatorio” para esas épocas ¿Por qué no a otras? También me resulta contradictorio que diga: “no cabe hablar, salvo metafísicamente, de totalidades exentamente de la existencia de los sujetos operatorios” para luego decir: “No obstante, esto no va, bajo ningún modo , contra la objetividad de las totalidades”, en que quedamos ¿son objetivas o no?, en todo caso lo objetivo sería el trasfondo ontológico general de esas totalidades que se dan de forma ontológico especial. Si no hay totalidades sin sujetos operatorios, lo objetivo no puede ser la totalidad sino aquello que produce la totalidad y que persiste sin sujetos operatorios, aunque también se podría decir que sin sujetos operatorios no existe la objetividad. Llega a decir (sin duda en un lapsus) en su artículo La cosmología moderna como fuente de teorías metafísicas, monistas y míticas. Respuesta a José Antonio López Díaz, El Catoblepas 32: “El regressus, desde el mundo fenoménico temporal, a un punto o estado sin tiempo es irracional” pero eso es lo que propone cuando dice: “carece de sentido aplicar el tiempo a la materia ontológico general”, quizás quería decir devenir y no tiempo.
Dice también en El Ego Trascendental como Ego lógico en el materialismo filosófico, El Catoblepas 80: “acaso sería más justo hablar de la atemporalidad, negativa, pero no privativa, de la Materia ontológico-general, no en la medida en que sus contenidos se codeterminan simultáneamente (pues esto sería recaer en la Metafísica, y supuesto que M es inmutable, el mundo de la experiencia no podría haber surgido), sino en la medida en que sus contenidos se codeterminan sucesivamente, pero no según un antes y un después. ¿Cómo lo hacen entonces? Ignorabimus. Éste es precisamente, en Ontología General, uno de los contenidos fundamentales de la Docta Ignorantia del materialismo filosófico”
Para mi esto no es mas que traducir el problema de Kant: ¿Es limitado el mundo en el espacio y en el tiempo?, a otros términos, en vez de plantear el problema de cómo ha podido trascurrir una cantidad de tiempo infinita (o de devenir) se plantea el problema de cómo algo que se codetermina sucesivamente no lo hace según un antes y un después. Quizás esto se haga para poder hablar de un devenir sin duración, dice en su artículo Monismo, espiritualismo y Teología de El Catoblepas 68: “el tiempo es «la medida del devenir»”. Dice también en otro lapsus “resulta absurdo separar el tiempo del propio movimiento de materia” (De la Física a la Metafísica: cuestiones sobre Teología Natural, Mecánica Cuántica y Cosmología. Publicado en el nº 72 de El Catoblepas), pues si dice en ese mismo artículo “ Cursos materiales en alguna forma de devenir tuvieron que confluir y codeterminarse para dar lugar a la conformación del Universo y de los sujetos operatorios humanos y animales” y dice que el tiempo no se puede aplicar a la Materia ontológico-general, tiene que especificar la materia a la que se refiere.
En cualquier caso el problema es que con ambas respuestas, tanto la que afirma el materialismo filosófico como la que afirmase que ha trascurrido un tiempo infinito, se ponen a la misma altura que el que afirmase que el Universo surgió de la nada. Son todas igual de absurdas. Dado que yo también soy materialista puedo decir que me disgusta mas la solución de salir de la nada que las otras dos, pero pequeño consuelo es. Los que creen en Dios no están ajenos a esta cuestión, pues el problema del tiempo (o del devenir) se aplica a Dios de igual manera que al Universo o a la Materia ontológico-general (Decía Bertrand Russell en Por qué no soy cristiano: ”Si todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede haber algo sin causa, igual puede ser el mundo que Dios”) El tener superpoderes no le libra del problema. En ese sentido, hay una cierta semejanza entre el ateo que afirma la eternidad de la materia (bien sea Materia ontológico-general, bien sea M1) y el creyente que afirma la eternidad de su Dios. Con su afirmación ambos intentan trascenderse, y parecen decir, no solo tengo razón ahora con mi opinión sino que dado que la materia o Dios han existido siempre y siempre existirán, puedo decir que he tenido razón siempre y que la tendré siempre. La pequeña diferencia estriba en que el creyente aspira a la semieternidad concedida a su alma, mientras que el ateo tiene que asumir su finitud.
¿Qué diferencia habría entre la tesis de una materia primogenérica eterna y la tesis de la Materia ontológico-general eterna?
La Materia ontológico-general es la chistera con la que sueñan todos los magos, solo es necesario decir la palabra mágica: ¡ANAMORFOSIS! Y de ella se puede sacar cualquier cosa, un átomo, una emoción, un numero. No importa que “no podamos operar con sus cauces materiales y estos nos son enteramente indeterminados positivamente” y que por lo tanto se postule que aquello que conocemos en alguna medida surge de lo que no conocemos en absoluto como una refracción. Tampoco importa que la distancia entre cualquier descubrimiento científico (protón, quark, etc.) y la Materia ontológico-general sea siempre infinita. Dice el Diccionario filosófico en su entrada Anamórfosis:
“Alternativa metodológica para el análisis de las transformaciones dadas en estructuras reales o lógico-materiales. No es una metodología que quepa aplicar escogiéndola entre las otras: sólo se justifica (apagógicamente) cuando las otras vías (emergencia, reducción) se consideren impracticables. Es una metodología que (una vez descartada la emergencia) presupone la aplicación previa de metodologías reductivas. Los pasos reductivos no son transitivos (aunque se comprenda la reducción gradual de la estructura de un organismo a sus partes anatómicas, la de estas partes a sus tejidos, éstos a sus células, y éstas a las moléculas y, a su vez, a los átomos y estructuras subatómicas, el retorno desde las estructuras subatómicas a la estructura orgánica seguirá presentándose como inviable, y habrá que decir que la vía de retorno está cortada). Si la fase regresiva de la reducción se supone firmemente establecida y, sin embargo, el progressus o retorno a la estructura problema parezca inviable, habrá que reconocer que la reducción no ha sido lograda, que la metodología reductora ha fracasado. Cuando esto sea así, sólo queda una salida: la de «triturar» -desestructurar, descomponer- las estructuras básicas de referencia, no para prescindir de ellas, sino para re-fundirlas (entre sí, y con terceros componentes tomados de su entorno) de suerte que el retorno pueda quedar restablecido. Esta salida es la anamórfosis. Los procesos de anamórfosis pueden clasificarse, atendiendo a dos criterios bien distintos relacionados, el primero con el terminus ad quem (con la estructura resultante) y el segundo con el terminus a quo de la anamórfosis (con los materiales de partida).” (…) “Cuando las estructuras básicas dadas en el regressus de una reducción imperfecta no permitan una desestructuración ulterior, la anamórfosis no podrá acogerse a categorías positivas y tendrá que apelar a la materia ontológico general, en su función de instancia crítica del sustancialismo que suele ir asociado a las «estructuras básicas primordiales» (las de la física subatómica, hadrones, leptones).“
No cabe osadía mayor que pretender negar el conocimiento científico (pues no otra cosa significa eso de que “la vía del retorno esta cortada”) para terminar refiriéndose a terceros componentes tomados de su entorno (como si estos no existieran cuando se usa la emergencia) que en ultima instancia se deben acoger a la Materia ontológico-general. La anamórfosis indeterminada o absoluta no es mas que pretender (usando una frase de Bueno): “Explicar un enigma por vía de un milagro es explicar lo oscuro por lo más oscuro todavía”
Dice Mario Bunge en su Diccionario de filosofía:
“Universo: El sistema de todos los existentes. Sin. Mundo, cosmos. El universo tiene algunas propiedades peculiares: es único y con existencia propia; no está situado entre otras dos cosas ; no interactúa con nada más; es eterno (a pesar de la infundada ecuación del Big Bang, o inicio de la expansión, con el nacimiento del universo); ocupa todo el espacio y su parte conocida se está expandiendo.”
Dice también en su artículo El método de la biología: “Así, mientras los electrones presumiblemente han estado por ahí desde toda la eternidad”.
¿Qué diferencia habría entre un Universo eterno de realidades primogenéricas (M1) de las que evolucionan M2 y M3 y el planteamiento del materialismo filosófico?
El problema del tiempo, del devenir y de lo eterno lo tienen igual ambos sistemas.
Dice Bueno en Ensayos materialistas pág. 180: “Pero es la Ontología especial la que nos preserva de atribuir a la Materia general cualquier atributo dado en el Mundo (p. ej., la Inteligencia). La única estrategia aquí abierta es la propia de la crítica trascendental: atribuir a la Materia general cualquier determinación especial (inteligencia, p. ej.) exige, por la symploké, irle atribuyendo todas las demás, hasta reobtener la duplicación exacta del Mundo.”
Y sin embargo el materialismo filosófico atribuye a la Materia ontológico-general atributos de la ontología especial como pluralidad, codeterminación y devenir. ¿Por qué? Como dice en la página 181: “es la Ontología especial la base más rígida para la disciplina crítica de la Ontología general.”
Dice después “la razón es corpórea” y luego dice “La conciencia racional, en tanto que ligada al Mundo, in medias res, sólo puede desarrollarse y avanzar con el proceso mismo del Mundo, haciéndose y deshaciéndose: no puede ir más allá del estado en el que el mundo se encuentra.”
Y esto lo demuestra en esos atributos que no puede dejar de traspasar de la Ontología especial a la general. Cabe preguntar, si de los tres atributos de la Ontología especial que atribuye a la general, el de devenir lo matiza diciendo devenir sin antes ni después, ¿se deben matizar los otros dos?
La pluralidad ¿es sin multiplicidad?, y la codeterminación ¿es autodeterminación?
Bueno construyó la Materia ontológico-general con la finalidad de superar determinados problemas que encontraba en el materialismo, para aglutinar sus respuestas a estos problemas (antimonismo, inconmensurabilidad, contradicciones, etc.) y de paso para tener una parcela de conocimiento que no le podían pisar los científicos y su conocimiento categorial. Esta opción tiene sus consecuencias, por ejemplo, si M2 surge de M1, M2 es “investigable” y existe la esperanza de dilucidarlo en su integridad, ahora bien si M2 depende directamente de la Materia ontológico-general el problema cerebro-mente quedará irresoluble para siempre, por cuanto M2 es una “refracción” de la Materia ontológico-general. No solo M2, dice Bueno en el Diccionario filosófico: “El análisis de la transformación de las estructuras subatómicas, a través de pasos graduados, en estructuras biológicas más complejas, acaso requiera la apelación a la idea de una anamórfosis absoluta como única alternativa al reduccionismo mecánico de la Biología.”
Dice Vidal Peña en el libro La filosofía de Gustavo Bueno pág. 25: “Otro problema particular vendría dado por la definición precisa del segundo género (M2), el de la interioridad. Si el autor de los Ensayos no se ofende, me permito decir que nunca he estado seguro de que la honestidad intelectual que le lleva, en esa obra, a reconocer la autonomía de dicho género haya ido siempre acompañada de una convicción profunda, aunque, desde luego, lo escrito en los Ensayos escrito está.”
Este intento de solución desde el materialismo filosófico no aporta prueba alguna (no se puede) y el argumento es muy endeble, porque si se basa en que el antes y el después lo pone el sujeto operatorio y en la Materia ontológico-general no hay totalidades ni sujetos ¿no estará poniendo también el sujeto lo demás, es decir: el devenir, la codeterminación y la pluralidad?
Y el método apagógico usado se ve obligado a elegir entre tres opciones absurdas, considerando a una un poco menos absurda.
Los problemas que da el tiempo no los da el espacio. El espacio debe ser necesariamente infinito, sino habría que plantearse que el Universo está encapsulado en un envoltorio aespacial. Pero esta infinidad espacial se da simultáneamente, unas partes no dependen de las otras para su existencia, un espacio que es un plenum de materia (y en esto están de acuerdo Bueno y Bunge). Si pudiéramos considerar al tiempo infinito de la misma manera, es decir dado simultáneamente, se eliminaría el problema de la infinidad recorrida, pero este planteamiento produce mas problemas de los que soluciona.
Y si por otra parte negamos la infinidad del tiempo, lo encerramos en unos limites atemporales. Que es precisamente lo que hace la teoría del Big Bang y el Materialismo filosófico. Al hacer surgir el tiempo de entes atemporales (la nada o la Materia ontológico-general).
Y quizás por todo ello terminamos eligiendo con prejuicios filosóficos aquel absurdo que nos parece menos absurdo y se adecua mas con nuestra manera de ver el mundo.
Esta cuestión del devenir a mi me parece fundamental, sigue vigente y lo estará siempre seguramente, pues quizás sea irresoluble para nuestros “filtros mundanos”.
Y así terminamos con algunas de las frases que han definido a la Materia ontológico-general desde el materialismo filosófico dichas por Javier:
Dice en El Basilisco 36: “Abismo insondable de la Materia ontológico-general”.
Dice en El Basilisco 35: “Reino de las sombras”.
Allí mismo habla del “problema complejísimo del tiempo en la Materia ontológico-general, en la prácticamente irresoluble cuestión del devenir en M “antes” de la aparición de Mi”.
Podríamos terminar como el cuento de Wittgenstein y decir “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.
Pues hay que ver cuanto se puede escribir sobre algo de lo que no podemos saber nada.
INFORMACION
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sábado, 28 de mayo de 2011
HISTORIA ATEA DE LAS RELIGIONES (y II)
HISTORIA ATEA DE LAS RELIGIONES (y II)
Escepticismo y librepensamiento
Fragmento del libro Historia atea de las religiones de A. Kryvelev publicado por Ediciones Júcar 1984. Volumen I página 129 a 138.
También el análisis del pensamiento social que se opone a la religión tendremos que llevarlo a cabo no según los países y los períodos de su historia, sino abarcando toda la época bimilenaria a través de todos los pueblos del antiguo Mediterráneo.
Probablemente, una gran cantidad de documentos (obras literarias y artísticas, filosóficas y políticas en las que se expresaban las tendencias librepensantes) no llegaron hasta nosotros, puesto que los destruyeron los sacerdotes y otros guardianes de la ortodoxia. Pero a pesar de todo son suficientes para proporcionar una idea sobre la difusión y la fuerza del pensamiento antirreligioso de la antigüedad. Esta idea se completa con los materiales que se conservaron sobre las persecuciones y los procesos judiciales a causa del ateísmo y de la blasfemia; ciertamente, los testimonios de esta clase se refieren sobre todo a Grecia.
Es famosa la suerte de Sócrates y, aunque la acusación de no respetar a los dioses fue solamente la tapadera para la lucha política, ya sólo tal acusación y la sentencia tan severa son indicativas por sí solas. Aristóteles se vio obligado a “huir de Atenas, si no lo hubiera hecho (escribe el historiador del materialismo F. A. Lange) esta ciudad habría pecado por segunda vez contra la filosofía”. La obra de Protágoras “Sobre los dioses” fue quemada y él mismo se salvó huyendo. Anaxágoras se escapó después de estar ya bajo vigilancia. Por negar los dioses fueron perseguidos Teodoro, llamado el Ateo, y Diógenes de Apolonia. Por la cabeza de Diágoras de Melos fue prometida a los atenienses una gran suma, y él hubo de salvarse también con la huida. Sus obras fueron destruidas y su contenido permaneció desconocido. A las persecuciones fueron sometidos Stilpón, Teofrasto, Esquilo, Eurípides, Andoquín y, probablemente, muchos otros, sobre los cuales no llegaron los testimonios hasta nuestros tiempos.
La naturaleza de las enseñanzas que en la antigüedad fueron dirigidas contra las ideas religiosas dominantes, se descubre en aquellas obras literarias y aquellos monumentos epigráficos que, a pesar de las medidas tomadas para su destrucción, están ahora de todos modos a disposición de los historiadores. Examinemos, estas enseñanzas según la característica de su actitud escéptica ante tales o cuales ideas religiosas.
En una serie de obras literarias conservadas se criticaba la idea de la vida de ultratumba. Los ejemplos de estas obras los contienen los papiros egipcios que incluyen la “Canción de un arpista” y la “Conversación de un desengañado con su espíritu”.
La “Canción de un arpista”, que llegó a nosotros en dos ejemplares del siglo XIV a. de C. (en el muro de una tumba y en el papiro jaris 500), es una elegía a la muerte de un dignatario. Su autor se lamenta de que “nadie viene de allí (del otro mundo) para contar sobre ellos, para narrar sobre su existencia, para fortalecer nuestro corazón”. Recomienda a los vivos entregarse a las alegrías de la vida real: “… festeja, no te entristezcas…”. Si recordamos lo detalladamente que describía la religión egipcia la vida de ultratumba de los difuntos, podemos imaginarnos qué coraje hacía falta para dudar de la existencia de esa vida.
La misma duda se manifestaba también en la “Conversación de un desengañado con su espíritu”. Al perder las ganas de vivir, este hombre tiene la intención de acabar suicidándose, pero su alma lo persuade que no lo haga. Le dice que no sabe si habrá algo más después de la muerte, puesto que nadie vino de allí y habló a los hombres acerca de ese mundo. “Escúchame a mí … pasa alegremente el tiempo. Olvida las penas”. Le aconseja el espíritu.
Para caracterizar el librepensamiento de los antiguos es aún más importante el librepensamiento que encontramos en muchos filósofos y poetas por lo que se refiere a las ideas acerca de dios y los dioses. Aquí son especialmente ilustrativas las obras de los autores griegos y romanos. Pocos de ellos llegaron hasta la negación de la idea de dios, es decir, al ateísmo. Pero cualquiera, por ejemplo, de los filósofos pudo haber sido acusado de no respetar las representaciones dominantes sobre los dioses; esto se refiere también a los idealistas. Ni Platón ni Aristóteles consideraban objeto de su fe religiosa a los dioses del panteón hesíodo-homérico; para el primero, dios era la “idea del bien”, para el segundo era la “forma de las formas”. Por regla general, los filósofos eran en cuanto a la religión monoteístas, se figuraban a dios abstracto y sin figura determinada. El dios de Anaxágoras era el alma del Universo, la inteligencia que lo mueve (“Nous”). El dios de Pitágoras era la “unidad” indefinida, unidad que envuelve lo infinito. El dios de Empédocles era una Esfera universal, armónica y bienaventurada. Aristóteles cita el punto de vista de Jenófanes de que la unidad es dios. El dios único de Jenófanes se comprendía en una unión tan estrecha con el Universo que se puede considerar toda su concepción próxima al panteísmo. “A este uno y todo” nos comunica Simplicio sobre sus opiniones, “Jenófanes lo denomina Dios”.
Jenófanes fue uno de los primeros que observó el antropomorfismo de las representaciones religiosas: “Y los Etíopes representan a sus dioses chatos y negros, y los Tracios dicen que tienen los ojos azules y los cabellos rojos.” Y “si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos y con ellas pudiesen dibujar y realizar obras como los hombres, los caballos dibujarían figuras de dioses semejantes a los caballos, y los bueyes a los bueyes y formarían sus cuerpos a imitación del propio”. Y no se trata sólo de la imagen física: “Homero y Hesíodo han atribuido a los dioses todas las cosas que son objeto de vergüenza y de censura entre los hombres: hurtos, adulterios y engaños recíprocos”.
Los dioses antropomorfos del panteón hesíodo-homérico no fueron objeto de fe no sólo entre los filósofos, sino tampoco en la literatura artística de la Grecia antigua. Aristófanes, Eurípides y Esquilo se burlaban de ellos o los representaban en sus comedias y tragedias con un aspecto bastante desagradable. La actitud escéptica no sólo ante los dioses homéricos, sino también ante cualesquiera otros alcanzó la culminación en las obras de Luciano de Samosata, al que Engels llamó el “Voltaire de la antigüedad clásica” y que “se mostró igualmente escéptico hacia todo tipo de supersticiones religiosas” y se burló de todo por sus supersticiones: de los adoradores de Júpiter no menos que de los adoradores de Cristo. Aquí mismo Engels caracteriza su punto de vista como “superficialmente racionalista” de acuerdo con el cual “una clase de superstición era tan estúpida como la otra”.
El librepensamiento de los antiguos estaba dirigido no sólo contra las representaciones populares sobre los dioses, y contra el antropomorfismo y el antropopatismo de estas representaciones. Existían unas orientaciones más radicales, enfocadas contra la religión en total y contra la fe en dios en general.
Al sofista Protágoras se le atribuye la idea de que sobre los dioses no se puede decir nada en absoluto con alguna dosis de seguridad por dos razones: la vaguedad de la cuestión y la brevedad de la vida humana. Si tenemos en cuenta que incluso estas formulaciones prudentes acarrearon a sus autores serias persecuciones, podemos imaginarnos que si hubiera podido expresarse más abiertamente sobre esta cuestión, su opinión habría sido aún más negativa.
En Sexto Empírico hay una serie de referencias a los pensadores que predicaban el ateísmo. Entre ellos incluye a Critias, Evemero, Diágoras, Pródico, Teodoro. Para caracterizar las opiniones de Critias, Sexto cita un fragmento de sus poesías en el que se plantea la hipótesis sobre el origen de la religión, basada en que “un hombre prudente y de sabio sentido, inventó para los hombres, el temor a los dioses, para que los malvados temiesen hasta en el hacer, decir, o pensar ocultamente…” Sexto afirma que muchos pensadores de la antigüedad seguían estas opiniones. Aunque en esta concepción como el motivo estimulante para la invención de los dioses se reconoce una aspiración suficientemente plausible, su existencia real misma se refuta de todos modos.
La sofística en el plano histórico-filosófico era, como se sabe, un fenómeno fértil e interesante; mostró lo flexibles que son los conceptos con los que opera el pensamiento, y lo inesperadas que pueden mostrarse estas operaciones en una aplicación dialécticamente libre y sutil. Las paradojas a las que llegaron los sofistas, exponían a golpes junto con las verdades que no despertaban dudas, también las representaciones religiosas. No en vano Protágoras y Gorgias, los sofistas más destacados, fueron perseguidos por los defensores de la piedad.
Sin embargo, los golpes más fuertes a la religión los asestaba la filosofía materialista, que creó en la Grecia antigua a unos representantes tan grandes como Heráclito, Demócrito y Epicuro, y en Roma a Lucrecio.
El concepto principal que determina toda la filosofía de Heráclito es el movimiento, un cambio constante e imperecedero de todos los objetos y fenómenos del mundo. Su surgimiento y vida parten, pues, no de la voluntad de los dioses, sino de su regularidad interna. En la base misma de todos los cambios está el fuego. En todas las discusiones que tienen lugar en la historia de la filosofía en torno al significado de este concepto en la filosofía de Heráclito es indudable lo siguiente: se le de la interpretación que se quiera no encaja en las representaciones religiosas de los antiguos griegos, y en todo caso el principio, que proclama Heráclito, es ateo: “Este cosmos (el mismo de todos) no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según media y se extingue según medida”.
Según las enseñanzas de Demócrito, en el mundo existen solamente átomos y vacío, y todo lo demás no es más que “opinión”. De esta manera, en él no hay sitio para los dioses. De la nada no puede surgir nada, y todo cambio no es más que unión y separación; por consiguiente, el surgimiento no tiene como su primera causa la voluntad de algunos seres vivos, incluidos los sobrenaturales. Esto lo testimonia también la afirmación de Demócrito de que “nada sucede por azar, sino todo por una razón y por obra de la necesidad”.
El seguidor de la filosofía de Demócrito, Epicuro, nunca chocó con los defensores de la religión oficial, puesto que observaba con mucho celo todas sus prescripciones. No obstante, entró en la historia como ateo: no lo impidió ni la circunstancia de que en las obras de Epicuro no se somete formalmente a la duda la existencia de los dioses.
Epicuro desarrolló y completó la doctrina atomista de Demócrito en la lucha contra las representaciones religiosas acerca de los dioses, que crearon el mundo y lo rigen. Afirmaba que los átomos tienen no sólo un movimiento rectilíneo que proviene de la acción de la fuerza del peso, sino que también un movimiento espontáneo, orientado a diversos lados y que se desprende del hecho de que los átomos, al ser de peso diferente, caen a distinta velocidad y colisionan entre sí. Así, todas las direcciones del movimiento de los átomos se explican sin la hipótesis de la intervención divina. Epicuro, como se ha dicho ya, no negaba la existencia de los dioses, pero consideraba que no podían intervenir en los destinos humanos y en general en el proceso universal. Los dioses de Epicuro son seres extraños, totalmente inactivos, que ni siquiera habitan en el mundo, sino en los meta cosmos, espacios entre los mundos, en las hendiduras entre los mundos. Por su naturaleza, la cosmovisión de Epicuro era atea.
Esto lo subraya también el carácter de su ética. Epicuro consideraba que el objeto de la vida es el placer, teniendo en cuenta no un placer grosero de los bienes materiales terrenales, sino el placer que el hombre obtiene de la serenidad espiritual, de la conciencia limpia y de la actividad intelectual fecunda. La condición importante para este confort espiritual es, según la opinión de Epicuro, ser libre del miedo, sobre todo del miedo ante la muerte y la cólera de los dioses. Por ello Epicuro consideraba como uno de los objetivos principales de toda su actividad la superación de las enseñanzas sobre la vida de ultratumba y sobre los dioses.
Contra la doctrina sobre el dios o los dioses, que rigen el proceso universal está dirigida la conocida reflexión de Epicuro que rechaza el concepto de dios providente. Partía del hecho de la abundancia del mal y de los sufrimientos de la tierra. Dice Epicuro: “Dios, o bien quiere impedir los males y no puede, o puede y no quiere, o no quiere ni puede, o quiere y puede. Si quiere y no puede es impotente: lo cual es imposible en Dios. Si puede y no quiere, es envidioso, lo que, del mismo modo, es contrario a Dios. Si no quiere ni puede, es envidioso e impotente, por lo tanto, ni siquiera es Dios. Si puede y quiere, lo único que conviene a Dios, ¿de dónde proviene, entonces, la existencia de los males?¿Y por qué no los impide? Es verdad que la enseñanza de Epicuro acerca de los dioses que son incapaces para toda actividad, evita esta dificultad, pero aquí manifiestamente no había más que un intento de escaparse de los problemas que serían inevitables si negara totalmente la existencia de los dioses.
El famoso poema de Lucrecio (Tito Lucrecio Caro) “De rerum natura” se puede considerar la enciclopedia del ateismo antiguo. Es dudoso que contenga muchas ideas originales, pertenecientes al poeta mismo, pero las opiniones de su maestro Epicuro las expuso Lucrecio plena y sistemáticamente. Y esto es importante, ya que las obras de Epicuro llegaron hasta nosotros en unos fragmentos sumamente pobres y en cartas aisladas. En la exposición de sus opiniones ateas Lucrecio fue más consecuente que Epicuro.
El poema empieza con la alocución a una deidad, tradicional en la literatura antigua; en este caso fue Venus. Esta dedicatoria se la puede considerar sólo como un tributo a la moda literaria, puesto que aquí se revela sin ambigüedad la orientación antirreligiosa de las opiniones del autor: hasta que, dice, Epicuro iluminara la humanidad, “la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión…”; “con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta hasta el cielo”. Lucrecio pinta el papel de la religión en la vida de los hombres en los tonos más lúgubres: ella es la fuente de los errores y maldades, las “tinieblas del alma”.
Ni siquiera el Antiguo Testamento está libre de obras y textos aislados que revelan una orientación crítica claramente expresada por lo que se refiere a algunos dogmas religiosos básicos. Es indispensable señalar a este respecto el Libro del Eclesiastés y el Libro de Job.
En el primero domina una actitud escéptica y pesimista ante todas las alegrías de la vida. El autor no ve en absoluto ningún sentido en la vida, puesto que todo es “vanidad de vanidades” y “atrapar vientos” (Ecl 1, 2, 14). Ni la sabiduría ni las riquezas ni los bienes de la vida conducen al hombre a nada bueno, pues en todos los casos se termina con la muerte: “…todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo” (Ecl 3, 20). Y dado que “el hombre y la bestia tienen la misma suerte”, puesto que “muere el uno como la otra” (Ecl 3, 19), no hay por qué abrigar esperanzas en cuanto a la vida de ultratumba. Resumiendo, el autor dice: “he detestado la vida, porque me repugna cuanto se hace bajo el sol” (Ecl 2, 17). En el capítulo final del libro se encuentran dos alusiones a dios, pero parecen sólo un seguro contra los ataques de sus congéneres, porque por el sentido están desligadas por completo del texto. En otros lugares las alusiones a dios se parecen a quejas contra él: “Un hombre a quien Dios da riquezas, tesoros y honores; nada le falta, de lo que desea, pero Dios no le deja disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y gran desgracia” (Ecl 6, 2).
En total resulta que, según la opinión del autor del Antiguo Testamento, dios había creado un mundo malogrado.
El motivo de la crítica del orden que existe en la tierra con el consentimiento de dios, y la negación de una característica tan importante de la divinidad como es la justicia con respecto a los hombres están expresados claramente en el Libro de Job. Las lamentaciones apasionadas y profundas de Job a causa de sus desgracias, sus imprecaciones, dirigidas a dios, producen una gran impresión. ¿Por qué, le pregunta a dios, no hay justicia en el mundo que creaste? “¿Por qué siguen viviendo los malvados, envejecen y aún crecen en poder” (Job 21, 7), mientras él, Job, que durante su vida trató de observar todas las prescripciones de dios, fue objeto de las persecuciones divinas? En el mundo en general reina la injusticia: “Los malvados remueven los mojones, roban el rebaño y a su pastor. Se llevan el asno de los huérfanos, toman en prenda el buey de la viuda. Los mendigos tienen que retirarse del camino, a una se ocultan los pobres del país… Cosechan en el campo del inicuo, vendimian la viña del malvado… Pasan la noche desnudos, sin vestido, sin cobertor contra el frío. Calados por el turbión de las montañas, faltos de abrigo, se pegan a la roca… Desde la ciudad gimen los que mueren, el herido de muerte pide auxilio ¡y Dios sigue sordo a la oración!” (Job 24, 2-12). Los interlocutores de Job intentan objetarle, justificando esta situación y buscando razones para los actos evidentemente injustos de la deidad. Pero Job los llama “consoladores funestos” (Job 16, 2), y esta caracterización subraya la debilidad de sus argumentos. La disputa se interrumpe con la intervención de dios mismo, que asusta a Job y lo hace callar.
Si consideramos la Biblia como una obra cerrada, inspirada por dios, la existencia en ella de unos pasajes tan librepensantes parece inexplicable. En realidad, con la variedad de contenido, que es típica de todos los códigos de epos popular y religioso, en ellos están contenidos textos de diversa orientación ideológica. Todo monumento folklórico-religioso de esta índole refleja manifestaciones de la vida espiritual del pueblo que lo creó, incluida, por supuesto, también la tendencia hacia el librepensamiento. De esta manera, no se puede considerar tampoco a la Biblia solamente como un documento confesional que formuló los fundamentos de la dogmática judeo-cristiana. Para concluir el breve resumen de las tendencias librepensantes en el mundo antiguo hay que hablar sobre la doctrina de Evemero y sobre la influencia que ésta ejerció en la historia del ateísmo. No se puede excluir que las opiniones, análogas a las que desarrolló el escritor y filósofo griego Evemero (final del siglo IV y principio del siglo III a. de C.) en la novela “Escrito sagrado”, estaban difundidas también antes de él. Pero él fue el primero que las expuso en la literatura.
La idea fundamental de la novela “Escrito sagrado” consiste en que todos los dioses fueron una vez hombres que habían vivido en el mundo real, y que después de la muerte de ellos la fantasía humana los proveyó de rasgos sobrenaturales; desde este punto de vista los mitos sobre los dioses son también un producto de la fantasía. Los dioses del Olimpo perdieron a la luz de esta doctrina su realidad. El evemerismo obtuvo rápidamente una gran influencia de los países de cultura helenística, particularmente en Roma.
Es cierto que los sacerdotes de las distintas deidades del panteón griego y romano encontraron la posibilidad de conciliar esta doctrina con sus cultos, admitiendo que después de su muerte los personajes correspondientes, que alguna vez habían vivido realmente en la tierra, adquirían las propiedades sobrenaturales y se convertían en dioses, lo que justificaba que se les rindiese culto. Es curioso que más tarde los predicadores del cristianismo utilizaran la doctrina de Evemero para luchar contra las religiones precristianas; con su ayuda se probaba que los dioses “paganos” no existían.
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